Es duro de ver. Entrañas, cuerpos mutilados en primer plano, miedo, tortura, crueldad y un sadismo impensable hasta hace poco son algunas de sus señas de identidad. Pero la última década ha visto la resurrección del cine de zombies y una nueva evolución del cine gore que algunos críticos han bautizado como pornografía de la tortura. Ambos géneros han cosechado centenares de millones de dólares en los cines de todo el mundo y han llegado a la literatura y a la cultura adolescente. Aunque tienen planteamientos distintos, los dos han alcanzado la cima de su éxito en los años de la crisis económica occidental y los expertos tienden a ver en ellos una expresión de la incertidumbre de nuestro tiempo.
“El zombie es un monstruo que interpela nuestro miedo a la muerte, a perder nuestras almas/identidades y convertirnos en un pedazo de carne en lugar de un ser humano”, explica el escritor británico Jamie Russell, autor de El libro de los muertos: guía completa a la historia del cine de zombies, para explicar el interés, a veces inconsciente, que despiertan. “También es un monstruo unido al trabajador. Los zombies son siempre la masa, el proletariado. Son un monstruo esencialmente socialista y, por tanto, perfecto para la era del post-capitalismo, la globalización y la lenta erosión de los derechos de los trabajadores”, continúa Russell. “Constantemente se nos hace sentir insignificantes, manipulados y muertos: nuestros políticos nos ignoran; nuestro bancos nos ven como esclavos de las deudas; los medios nos tratan como imbéciles (…) Todos somos ya zombies, me temo”, concluye el escritor.
Los muertos vivientes, nacidos cinematográficamente en 1932 con Bela Lugosi de maestro de ceremonias en la película La legión de los hombres sin alma (White Zombie, en inglés), han sido empleados como metáfora de todo tipo de crisis y problemas sociales desde entonces. “Una de las razones por las que los zombies resultan tan populares en este momento es porque son unas criaturas altamente fluidas y adaptables y pueden significar cosas muy distintas para cada uno”, explica Chera Kee, profesora de la Wayne State University, cuya tesis doctoral examina el papel de este monstruo en la cultura popular de EE.UU. El género floreció en la Gran Depresión prebélica de los años ’30 dando lugar a títulos como La revuelta de los zombies (1936), El muerto viviente (1936) o la francesa ¡Yo acuso! (1938), en la que los muertos de la Primera Guerra Mundial son invocados para prevenir un nuevo conflicto (claramente, con poco éxito). “Aunque cueste creerlo, los zombies siempre han inspirado mucha compasión. En las primeras películas del género, la trama solía girar en torno a rescatar a alguien que había sido zombificado”, relata Kee. Por entonces, el zombi se ajustaba al mito vudú del muerto viviente esclavizado por un brujo para cumplir sus deseos. Su interés por la carne humana llegaría más tarde, en 1968, con La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero.
El género ha seguido su marcha desde entonces, aunque generalmente en brazos de la serie B. No obstante, ha sido visto como una forma de criticar y expresar los problemas sociales del momento. Desde el miedo al comunismo en los años ’50 a la lucha de clases y el odio racial en los ’60 o las crisis económicas de los ’70 y ’80. Jesús Franco y Amando de Ossorio produjeron algunos títulos en España. Italia tendría una floreciente industria del género que aún produce largometrajes. Su éxito en la última década ha consistido en la culminación de una invasión en los cómics, los videojuegos, el cine e incluso la literatura. La salida del clásico de Jane Austen Orgullo y prejuicio en versión zombie o la Guía de supervivencia zombie, que explica con toda seriedad qué hacer y qué no hacer en caso de vernos rodeados de muertos vivientes, son ejemplos de su implantación. A la serie de televisión Los muertos vivientes (The Walking Dead en inglés), adaptación de un cómic del mismo nombre, pueden unirse las marchas zombies, desfiles de aficionados disfrazados de estos monstruos en lugares públicos, como otro ejemplo de su éxito.
Pero los no-muertos y su rebelión contra los vivos también han inspirado otros campos. Los filósofos han encontrado un modelo interesante para especular sobre la mente a través de lo que han llamado zombies filosóficos: individuos exactamente iguales a los seres humanos, pero carentes de conciencia. También los libros de autoayuda y negocios han abrazado la metáfora de cómo evitar ser un zombi para lanzar una nueva ronda editorial. Incluso en las relaciones internacionales, hay quien se ha planteadoa qué tipo de potencias beneficiaría un estallido zombie y cuál sería la respuesta internacional más adecuada, si las directivas europeas sobre organismos modificados genéticamente o una más norteamericana del tipo “¡morid, cabrones!”. Son también una herramienta de reflexión para los guionistas sobre qué valores unen a un grupo de supervivientes en el fin del mundo: ¿deben aprovechar para hacer cuanto quieran o se dotan de una serie de principios que les permitan cuidarse unos a otros y sobrevivir? Pero la metáfora más poderosa parece ser la de la crisis del capitalismo. “Los disturbios de este año en Londres eran como ver una película de zombies: bandas errantes de consumidores aturdidos queriendo consumir porque sí; la policía, impotente; la gente acumulando provisiones…”, reflexiona Russell.
Obras como las seis películas de Saw (2004), en las que un perturbado somete a sus prisioneros a acertijos mortales cuya solución suele implicar automutilarse o matar a sus compañeros, o las dos de Hostel (2005), donde hombres de negocios pujan por seres humanos a los que torturar, han recibido la etiqueta de pornografía de la tortura. Han sido muy criticadas incluso desde su propio campo. Josh Wendon, creador de la serie de televisión Buffy, cazavampiros, se refirió a otro título del género como “no sólo un indicio literal del derrumbe de la humanidad, sino también parte de un ciclo de violencia y misoginia que arrebata algo a quienes lo contemplan. Es como ser atracado”. Eli Roth, director de Hostel rechazó en su día quedarse sólo con el término: “[la etiqueta] gore ciega [a los críticos] a cualquier idea inteligente que contenga la película. Creo que hablar de porno de la tortura dice más acerca la poca compresión del crítico sobre lo qué puede contar una película de terror que de la propia película”.
“El porno de la tortura es un género comercial (…) y esa es su razón final de ser”, explica Helen Hester, especialista en género, sexualidad y cultura contemporánea de la Universidad de Middlesex. “Sospecho que las audiencias de hoy disfrutan siendo impactadas. Nos gusta que una imagen pueda saltar de la pantalla y romper la barrera protectora de la ficción para tener un impacto inmediato en nuestros cuerpos y sensaciones. Una película de este género tiene éxito cuando da la suficiente grima como para hacernos cerrar los ojos, encogernos en el asiento, gemir o apretar los puños”, continúa Hester.
La imaginería de este género suele implicar pantallas de todo tipo a través de las que un torturador omnipotente vigila cualquier movimiento de sus víctimas. Se sirve de complicados aparatos mecánicos o de ingeniosas torturas para martirizarlas. Rara vez son conocidos sus motivos y la cámara buscar crear una sensación de claustrofobia e impotencia cerrando el plano en el cuerpo mutilado de la víctima y su rostro sufriente en entornos de poca luz y generalmente cerrados. La omnipresencia de las pantallas en estas películas ha llevado a Evangelos Tziallas, doctorando de Estudios Cinematográficos en la Universidad de Concordia de Montreal, a interesarse por el mensaje de la pornografía de la tortura. En concreto, considera este género una reacción a la cultura del control surgida en EE.UU. tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
“Creo que tratan de denunciar la abundancia de la vigilancia en la sociedad contemporánea. A menudo, este control, ya sea a través de cámaras de vídeo, ficheros de datos, registros académicos, cookies de Internet o historiales bancarios, pasa desapercibido porque lo consideramos algo normal. Existimos en una sociedad de control sin ser conscientes de cómo se nos controla y la violencia que conlleva vivir en una prisión invisible cada vez más virtual que nos disciplina y castiga sin que nos demos ni cuenta”, describe el académico. Exponer nuestros cuerpos y torturarlos tiene, en su opinión, relación directa con el debate sobre la legitimidad de la tortura surgido a partir de casos como el de Abu Ghraib o Guantánamo. La violencia explora las posibles consecuencias de la falta de privacidad y nuestra visibilidad. “Creo que este cine usa la violencia extrema para exponer lo visibles que somos en la realidad. Creo que son críticos con cómo hemos integrado las tecnologías visuales en nuestra vida cotidiana. Muestran preocupación por cómo hemos aceptado en nuestras vidas formas de exhibicionismo aparentemente inocuas (…), nuevas realidades visuales que están, en el fondo, fuera de nuestro control”, añade Tziallas. Pero existe también un componente político: “Es perceptible en estas películas una fuerte ansiedad hacia el castigo, sin saber por qué y acerca de la capacidad de discrepar. La libertad para cuestionar la autoridad (y esto resulta especialmente patente en la serie Saw) está siendo reemplazada por la vigilancia en Occidente. Y estas películas exploran ese miedo”, reflexiona Tziallas.
“Creo que lo que nos fascina es el punto en que un ser humano deja de serlo, las fronteras entre lo humano, lo no-humano y lo post-humano”, reflexiona Hester. “Explorar las fronteras de lo humano nos ayuda a desarrollar una idea de quién o qué somos. Al mismo tiempo, las escenas impactantes de las películas de zombies o del porno de la tortura se nos presentan de forma segura, tras el telón de la ficción”, añade la académica británica. Es precisamente la posibilidad de experimentar sensaciones físicas intensas resguardados en nuestro sillón y el conocimiento de que las vísceras del protagonista son efectos especiales lo que nos “permite explorar nuestra fascinación con la violencia y el sufrimiento, someternos a la experiencia del horror de una forma psíquicamente segura”, explica Hester.
La incertidumbre de la crisis económica que vivimos ha conjurado de nuevo a los monstruos para ayudarnos a confrontar nuestros temores, con el más importante desde que existimos, el miedo a morir, a la cabeza. Ni los monstruos ni el gore son nuevos, sólo ha cambiado el contexto en que los hemos invocado. “El zombie es un concepto que cuestiona la noción de las barreras delimitadas. Por ejemplo: la fortaleza de la división vivo/muerto. Así, se convierte en una forma de reflexionar sobre las divisiones que damos por sentadas”, reflexiona Kee. Tras una década de gloria, ambos géneros comienzan a mostrar algo de cansancio. Los últimos lanzamientos no han recaudado tanto como sus autores esperaban. Pero no hay por qué preocuparse, no nos libraremos completamente del terror ni viviremos insensibles. “Siempre habrá algo que la cultura considere prohibido y, por tanto, siempre habrá algo en lo que el horror pueda hincar el diente”, concluye la profesora Hester.











Twitter (@via_52)
Facebook
Google Plus
Youtube
Buzzdata
Vimeo
RSS
Pinterest